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FD MAGAZINE
resa muchísimo. Yo
creo que el ser
humano completo es
la suma del yin y el
yang, de lo masculino y
lo femenino; que todo
varón que solo sea varón y
que toda mujer que sea solo
mujer está cortado por la mitad.
Me gustaría ser una mujer.
P.- ¿Qué clase de mujer?
R.-
Guapa, indecente, me gustan las mujeres
libres, que son leales pero no fieles. Me gustaría
haber sido ese tipo de mujer. Confío en serlo en
alguna reencarnación. Yo he fantaseado mucho a
lo largo de mi vida con ser mujer y sigo fantasean-
do. Para mí el sexo ha sido muy importante y lo
sigue siendo. Todos tenemos un pecado capital y
qué duda que el pecado capital que domina en mí
es la lujuria. No tengo otros pecados capitales. Un
pecado capital está bien, porque te da energía. Es
una poderosa corriente de energía que te puede
llevar muy lejos, que te puede meter en muchos líos
y quebraderos de cabeza, como, de hecho, la lujuria
me ha metido a mí. Pero, al mismo tiempo, ha sido
la cuerda del arco de la ballesta de mi vida y, desde
ese punto de vista, yo siempre he tenido envidia de
la lujuria de las mujeres. Tengo esa envidia, me
gustaría ser una mujer para experimentarlo.
P.- ¿Qué es usted más, periodista o escritor? ¿Con
qué se quedaría de cada una de esas facetas?
R.-
Yo, fundamentalmente, soy un escritor. Soy un
escritor que escribe en la prensa, o soy un escri-
tor que hace un programa de televisión. Yo no soy
un presentador de programas de televisión. Mi
padre era periodista, gran periodista, el periodista
más brillante de su generación, aunque truncaron
su carrera a los 27 años. En aquel momento, diri-
gía ya, entre otras cosas, tres agencias de pren-
sa. Poco a poco, a lo largo de mi vida, inevitable-
mente, porque todos nos parecemos a nuestros
padres, me he ido convirtiendo, además de ser
escritor, que es lo que siempre he querido ser, en
periodista. Me resistía un poco, porque pensaba
que el periodismo podía desviarme de mi vocación
de escritor, no era en realidad así, eran compati-
bles. La primera vez que yo publico artículos en
prensa escrita es cuando me voy a Japón. Hasta
ese momento había sido periodista sobre todo de
radio. Cuando me voy a Japón, escribo una larga
serie de artículos sobre este país, y mi amigo y
marido de Carmen Laforet, me invita a colaborar
en «El Alcázar», que se convirtió en el periódico
más abierto de España. Me propuso colaborar
como corresponsal en Asia. Al estar exiliado y
reclamado por la justicia, como condición, me
puso buscarme un seudónimo, porque estaba en
busca y captura y no podía firmar con mi nombre.
Tienes que buscarte un seudónimo y qué mejor
que ponerme el de mi padre: Fernando Sánchez
Monreal. Los primeros artículos míos en la pren-
sa aparecieron con el nombre de mi padre, que,
de ese modo, volvía a aparecer en un periódico
español después del paro propiciado por la Guerra
Civil y la posguerra. Era inevitable, era ley de san-
gre, era ley de vida. Tenía que ser así.
P.- ¿A quién admira Sánchez Dragó?
R.-
Yo admiro a mucha gente, gran parte de esa
gente son desconocidos. Y admiro a muchísimos
artistas, escritores. Yo, desde pequeño, he sido
el Principito que todo lo aprendió en los libros. He
leído, a lo largo de mi vida, 30.000 libros. Tengo
la que, quizá, sea la biblioteca privada más gran-
de del mundo, alrededor de 110.000 ejempla-
res. Las personas que yo más admiro son escri-
tores, aventureros, descubridores. En el 500
aniversario del descubrimiento del Pacífico he
descubierto a Vasco Núñez de Balboa, persona
acerca de la cual yo sabía poquito. Ahora me he
metido a fondo en esa persona y me he quedado
anonadado por la intensidad humana, el valor, el
arrojo, el ímpetu y, al mismo tiempo, por las con-
tradicciones, por las luces y sombras, por los
claroscuros de este individuo. Es la última perso-
na que me suscita admiración, pero hay muchas
otras. La persona que más admiro yo es
Diógenes, el filósofo cínico, que vivía desnudo en
un barril, que nunca quiso riqueza ni propiedad
alguna y que, cuando Alejandro Magno le ofreció
lo que quisiera, le dijo: «Lo único que te pido es
que no me quites el sol». Es el gesto de mayor
dignidad de la historia de la humanidad.
«
Yo me defino
como Baroja,
hom-
bre humilde y errante,
viajero y escritor.»
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