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FD MAGAZINE

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P.- Esto del navegar, ¿se está convirtiendo en

algo masificado, como el volar en avión?

R.- Bueno, está masificado si uno se va a Benidorm

o a Mallorca, pero si estás en mitad del invierno

-yo navego todo el año- en el golfo de León con un

viento de treinta nudos, o estás navegando de

noche entre Cerdeña e Italia o en las Islas Eólicas,

eso no está masificado en absoluto. La cuestión

es buscar los sitios que no están masificados. Le

pongo un ejemplo, si se fondea en Los Trocados

de Formentera en el mes de agosto, ahí hay cien-

tos de barcos fondeados; en el mes de enero, yo

he estado fondeado allí solo tres días, todo aquel

magnífico fondeadero sólo para mí. Todo es cues-

tión de elegir el momento y yo tengo la ventaja, por

mi trabajo, de poder elegir. No dependo de vaca-

ciones, soy mi propio jefe y cuando quiero, me voy

a navegar. Cuando estoy muy cansado de traba-

jar, me voy unos días y puedo elegir épocas que no

están muy masificadas. Ahí soy muy afortunado.

P.- Se cruzará, mientras navega, con grandes cru-

ceros, de 300 metros de eslora y con cuatro mil

personas a bordo. ¿Qué piensa cuando los ve?

R.- Me los cruzo, sí. Pienso que son hoteles a flote,

que no están dirigidos por marinos, sino por una

especie de sindicato de camareros y de animado-

res, y son lugares peligrosos, precisamente por

eso. No me inspiran confianza.

P.- ¿Y tristeza?

No, no me entristecen, el mundo es así. Como

tampoco me entristecen los rascacielos. Ahora

bien, no es la idea que yo tengo del mar ni de los

marinos, y el «Costa Concordia» lo demostró.

Pérez-Reverte durante la preparación del cuadro «El último combate del Glorioso».