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FD MAGAZINE

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P.- Por supuesto que el mar ha sido lugar de

combate y de conflicto. ¿Qué hace singular, en

su opinión, la lucha en el mar?

R.- Bueno, no sólo de combate, el mar ha sido

también lugar de comercio, de aventura, de des-

cubrimiento, de viaje… y de guerra también. Yo

tengo una profunda admiración por los marinos,

por cualquier tipo de marino. Pero si además han

estado combatiendo, la admiración es doble, por-

que ya a la dureza del mar, al caos, a los tempora-

les, al viento, al frío, a la incomodidad, al movimien-

to, a la incertidumbre, que ya es mucho -como

sabe cualquier marino-, si a todo eso se le unen

los cañonazos, las astillas, el combate, la guerra,

la muerte, la mutilación… Eran hombres extraordi-

narios. Como digo siempre, eran barcos de made-

ra, pero sin los hombres de hierro que los tripula-

ban no habrían sido nada. Y esos hombres de

hierro fueron los que hicieron famosos a los bar-

cos, fueron el alma de esos barcos.

P.- En alguna ocasión, ha hablado usted de los

marinos que conoció en su infancia y su juventud

en Cartagena. ¿Qué le llamaba la atención de ellos

para que aún hoy permanezcan vivos en su memo-

ria?

R.- Yo me he criado entre marinos, desde peque-

ño, tanto marinos de guerra como marinos mer-

cantes, y entre lecturas del mar y relatos de

marinos; con lo cual no podría decir una única

característica, son muchas: su forma de ser, su

manera de comportarse en tierra, un cierto

«autismo» con respecto a las cosas de la tierra,

una cierta inocencia o ingenuidad con respecto a

esas cosas de la tierra, la diferencia de valores,

ellos daban importancia a cosas a las que en tie-

rra no se dan. Yo soy capitán de yate, paso mucho

tiempo en el mar, tengo un velero y navego, y

entiendo lo que ellos sentían porque es verdad

que cuando estoy navegando, mar adentro,

enfrentado a los problemas de la navegación, no

Foto: Carmelo Rubio